Familia don de Dios

Cada matrimonio, cada familia, cada vida es una buena noticia.

Cada matrimonio, cada familia, cada vida es una buena noticia.

Por: Cecilia Esther Rdguez. Galván | Fuente: Humanae Vitae

A manera de conclusión de la Encíclica Humanae Vitae podemos reafirmar que Pablo VI jugó una carta que vista a la distancia significó una defensa efectiva no solo de la mujer, la familia y la vida particular, sino de toda la sociedad, de toda la Iglesia de Cristo que peregrinando en la tierra avanza a un fin último esperanzados en encontrar el Rostro amoroso del Padre que nos sale al encuentro.

Hoy como nunca nuestra sociedad entera se encuentra amenazada, en todas partes, en cada rincón del planeta y esto es por el hecho de que la amenaza ha sido introducida a la célula que conforma su base misma: la familia.

El tejido que entrelaza las vidas que componen la familia es y debe ser siempre el amor. La solución a la devastadora ola de tragedias sociales se encuentra en lo íntimo de la familia, en cada uno de sus integrantes, quienes sabiendo vivir su estado propio y su vocación altísima a la santidad trabajen con amor por sí mismos y por los demás.

Por tanto es necesario que reflexionemos acerca del peligro de olvidarnos de Dios en nuestras vidas.

Iniciar una vida matrimonial es un esfuerzo enorme, dos personas que, ajenas en realidad, inician un camino en común merecen más que lo que la sociedad les ofrece hoy, una vida de coherencia no es fácil, pero tampoco es imposible. Ojalá que el hombre y la mujer que inician un matrimonio lo hagan de cara a Dios y con valentía, atreviéndose a responder que ellos conforman una familia ya desde el momento de su matrimonio, pues piensan en sus futuros hijos no como una carga planificada, sino como un anhelo trascendental. Que ellos no se “cuidan” pues de los hijos no hay que cuidarse, sino que procuran con responsabilidad y generosidad dar vida respondiendo a Dios que es Padre providente.

Ojalá que los jóvenes anhelen vivir un estilo casto de vida, resguardando los momentos dichosos para entregar la íntima parte de su vida a un persona que les responde con la totalidad de su ser igualmente, que son capaces de cultivar la pureza como se cultiva el árbol desde pequeño, para disfrutar de sus frutos llegado solo el momento oportuno, nunca antes. Este estilo de vida resguarda una gran felicidad que, sabiéndola cuidar aún antes de conocerla supone un reto personal, un esfuerzo continuado y por tanto el exquisito premio al final del camino de saberse dueños de sí mismos, y no sujetos al arbitrio de sus pasiones.

Ojalá que los padres, formadores de las generaciones, sepan relacionarse con sus hijos de manera afectiva y atenta, que en los años previos a la adolescencia cuiden no solo física e intelectualmente de sus hijos, sino que procuren resguardar el alma de los niños en su estado más precioso, y que en el acompañamiento delicado de los años turbulentos de la adolescencia y juventud se mantengan cercanos, vigilantes, abiertos al diálogo y aseguren a sus hijos en la afectividad, para que sepan que no están solos, que son más de lo que los medios generalmente les proponen y muchísimo más de lo que la cultura de la muerte les invita ser como estilo de vida.

La familia es y será siempre una buena noticia, Dios ha venido al mundo, al encuentro con los hombres en medio de la familia.

El matrimonio y la familia contienen dentro de sí todos los valores humanos necesarios para reconstruir una sociedad justa e igualitaria; en el varón la fuerza y el acompañamiento necesarios para procurar a la familia en el aspecto no solo de proveedor, sino afectivo, social, humano, exteriormente resguarda a quienes le han sido confiados, y en la condición femenina se encuentra intrínseca la maternidad como un aspecto esencial, el ser humano necesita de un útero que le resguarde y le procure en los primeros estadios de su vida, pero la sociedad requiere también de un útero social donde sean acompañados y protegidos los hijos bajo el cuidado amoroso y atento de los padres, ambos, y que con afecto, fidelidad, comunión conyugal, amor, servicio, paciencia, alegría, solidaridad y la Gracia de Cristo logren propiciar vidas estables y felices. La familia es el lugar donde “todo hombre es amado por sí mismo, por lo que es y no por lo que tiene” (JP II, homilía en la Misa de las familias, Madrid, 1982). Esta es la razón por la que puedo afirmar con honesta alegría que la familia, y muy especialmente, la familia cristiana, es siempre una buena noticia, y que la defensa de ella nos compete a todos, unos y otros, en todo momento, a “tiempo y destiempo” (2 Tim. 2, 4:2) y la Iglesia, Madre y hogar de todos los hombres, nos concede los bienes necesarios a través de Su Hijo y de sus pastores para que todos seamos salvos.

La Virgen madre de todos nosotros nos ayude a llevar a todas las familias al encuentro con Cristo, Salvador de los hombres para que los cristianos seamos luz del mundo y sal de la tierra (Mt. 5, 13-14).

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