Meditación para Jueves Santo: VIGILAD Y ORAD

Angel Moreno –

Entra en Getsemaní, en el Huerto donde impera la noche, la tristeza, el agotamiento, el desaliento. Pocas escenas del Evangelio representan con más realismo la experiencia del hombre moderno y con frecuencia la experiencia de la comunidad cristiana, que el Huerto de los Olivos en la noche de la traición.

Giuliano Amidei (s. XIV-XV), La oración en el Huerto
Tres avisos quedan grabados en la memoria de los evangelistas como enseñanza del Maestro, que no habla de memoria, sino que comparte el secreto con los suyos, para que salgan vencedores en la tentación.
El primer secreto: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar» (Mt 26, 36). «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo» (Mt 26, 38).

Jesús ha necesitado la compañía humana, amiga, aunque ésta se queda a una distancia infranqueable. Nos enseña que en algunos momentos de la vida es muy importante tener próximos a los amigos, poder decirles el corazón, expresar el sentimiento más íntimo.
Jesús no es el invulnerable, el valiente insensible, el fuerte solitario. Nos ha enseñado que es buena la amistad, que es necesaria la comunidad, que es mandamiento el amor mutuo. ¡Cómo ayuda saber que están junto a ti los que te quieren, aunque no pueda ser en cercanía física!

Jesús invitó a sus discípulos a acompañarlo. Muchas otras veces se había retirado Él solo al monte, en la espesura de la noche y en las latitudes del descampado, para orar. Esta noche nos dice que en los momentos recios es bueno tener cerca a los que amas.

El segundo secreto: «Pedid que no caigáis en tentación» (Lc 22, 40). «¿Cómo es que estáis dormidos? Levantaos y orad para que no caigáis en tentación» (Lc 22, 46). «Simón, ¿duermes?, ¿ni una hora has podido velar? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mc 14, 37-38).
Jesús reconoce nuestra vulnerabilidad, Él se sabe también frágil y comprende muy bien los sentimientos humanos, las reacciones psicológicas evasivas. El sueño es manifestación de defensa. No se resuelve el problema evadiéndolo, ni dejando pasar las cosas sin afrontarlas, ni reaccionando de manera inconsciente.

Jesús recomienda dos actitudes para el momento de la prueba, la vigilancia y la oración. Hay veces que acontece lo peor por no estar atentos, porque se descuidan la sensibilidad y la prudencia. La astucia, la cautela, la vigilia son referencias evangélicas frente a los que puedan hacernos daño.

Jesús insiste en la oración. Los humanos consuelan. Los amigos son necesarios, pero el Maestro nos deja como testamento una llamada apremiante para la hora oscura. En el tiempo de las tinieblas, la luz proviene de la oración, de la súplica, del grito de socorro, con la certeza de saberse escuchado. El creyente ora y atraviesa el cerco del abismo hablando con Dios.

El tercer secreto: «¡Abbá, Padre! Todo es posible para ti; aparta de mí esta copa, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú» (Mc 14, 36). «Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú» (Mt 26, 39). «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42).

Jesús clama: “¡Abba!” Éste es el desafío más grande que tiene el cristiano. En cualquier circunstancia, siempre, el creyente sabe que tiene por Padre a Dios, y desde esta certeza se atreve a abrazar unos acontecimientos que se muestran terribles.

Jesús nos ha enseñado a orar, y cuando nos ha apremiado a hacerlo, deberemos recordar su lección. Cuando oréis, decid: “Padre Nuestro”. Si nosotros, que somos malos, nos compadecemos de los que sufren, Dios ¿no va a tener compasión de nosotros? El creyente llega a sentir, en medio de la oscuridad y de las tinieblas, el cayado del Buen Pastor.

En la noche suprema, Jesús se abrazó a la voluntad de su Padre. Es la sabiduría cristiana por excelencia, que no se haga mi voluntad, sino la de Dios. Y en la peor encrucijada, no pedir otra cosa que lo que Dios quiera, y nos sorprenderemos de la fuerza que nos asiste y de la paz que nos acompaña.

Meditación para el Lunes Santo

Por Angel Moreno

Estos días vamos a encontrar unos contrastes muy fuertes en las lecturas. Al contemplarlas, descubro el deseo de la Iglesia de consolar y de acompañar con amor a su Señor, que se dispone para su Pasión y muerte.

Hoy escuchamos una suave melodía y palabras de ánimo para avivar en la conciencia de Jesús el recuerdo de que es amado de Dios. “Mirad a mi siervo, a quien sostengo, mi elegido, a quien prefiero. Sobre Él he puesto mi espíritu”.

Paradójicamente, el recuerdo de las profecías entrañables surge en los momentos más recios. Y se suma también el salmista para afianzar en la memoria del Siervo la certeza de que no está solo. “El Señor es la defensa de mi vida ¿Quién me hará temblar? (Sal 26).

Sobre todo la escena de Betania, colocada cronológicamente seis días antes de la Pascua, da  realismo a los pasos de la vida de Jesús, antes de padecer.

¡Cómo se agradece tener un lugar donde, sin que te pregunten nada, ni tengas que demostrar nada, te acojan, te quieran, te acompañen! La elección del pasaje de Betania y la cena que le ofrecen los amigos a Jesús no son casuales en la revelación evangélica. La fidelidad necesita apoyarse en la fuerza que presta el amor. “Allí le ofrecieron una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. María toma una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, y le ungió a Jesús los pies”.

¿Con qué gesto de amor voy a acompañar estos días a quien se entrega por mí?
Jesús, sorprendentemente, para que los discípulos se sientan queridos y puedan mantenerse fuertes, les dará una cena y les lavará los pies. Es lo mismo que Él recibió en Betania, y que tanto bien le hizo. La casa de Marta y María es una referencia necesaria en la vida del Maestro. La Iglesia, al brindarnos la contemplación del pasaje, intenta ser como María de Betania con su Señor. Pero lo que no imaginábamos es que el mismo Señor va ser quien nos invite a la cena y, puesto a nuestros pies, nos los lavará, para que, como dice el salmista: “si me declaran la guerra, me siento tranquilo. Él me protegerá en su tienda el día del peligro”.

Jesús agradece los gestos, defiende a quienes se los ofrecen, se deja amar, y manifiesta su naturaleza humana menesterosa de amistad. Él nos dirá: “Ya no os llamo siervos, sois mis amigos”.

Iniciemos los días santos con gestos de amor.

El papa Francisco ha escogido los temas de las próximas JMJ (2017-2019), 22.11.2016

El dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, informa hoy de que el Santo Padre ha elegido los temas para las próximas Jornadas Mundiales de la Juventud, a saber: XXXII Jornada Mundial de la Juventud, 2017«El Todopoderoso ha hecho cosas grandes en mí» (Lc 1,49); XXXIII Jornada Mundial de la Juventud, 2018 «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios» (Lc 1,30);  XXXIV Jornada Mundial de la Juventud, 2019 «He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38)

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La importancia de perdonar al prójimo. La Parábola de los dos deudores.

La importancia de perdonar al prójimo.

Textos bíblicos a comentar y analizar:

Mateo 18 . 21 -35 , Mateo 6 : 14 – 15, Mateo 18 : 35  y Gálatas 6 : 7 – 9

Parábola de los dos deudores

“Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?

 Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete.

 Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos.

 Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos.

A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda.

 Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo.

 El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda.

 Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes.

Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo.

 Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda.

 Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado.

 Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste.

¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti?

 Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía.

Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas. “

Mateo 18 . 21 -35

“Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial;  mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.”

Mateo 6 : 14 – 15

“ No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.

Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna.

 No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos.”

Gálatas 6 : 7 – 9

La enseñanza que  Jesús utiliza es sobre deudas monetarias, pero esta ilustración la usa Jesús para enseñar que la persona debe perdonar a quien le ofende, para que también recibas perdón de Dios.  Principalmente la enseñanza es para los seguidores de Jesús,  para los cristianos que quieren seguir a Jesucristo obedeciendo sus enseñanzas y siendo como él.

Nótese que Jesús promete y advierte que si una persona no perdona a su prójimo las ofensas que le ha hecho a uno, Dios no lo perdonará.

“Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas” Mateo 18 : 35

“Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial;  mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.”

Mateo 6 : 14 – 15

Quien está diciendo y asegurando esto es Jesucristo el Fiel y Verdadero, quien no puede mentir sino decir la verdad.

Cuando el cristiano no perdona a su prójimo las ofensas recibidas, es como el deudor de la parábola, quien habiendo sido perdonado, no hace igual para perdonar a otro. El cristiano que no perdona a otro incurre así en un pecado y mientras no perdone al prójimo permanece en ese pecado y con esto abre puertas legalmente a demonios para que lo opriman y ataquen.

Pero más aún si ese cristiano quien ha recibido misericordia de Dios, permanece en ese pecado sin hacer misericordia al prójimo y sin perdonarlo y llega a morir así, se encontrara con la triste realidad de que aún y habiendo nacido de nuevo, si el cristiano muere sin perdonar a otro, es decir si el cristiano muere en pecado habiendo podido decidir perdonar al prójimo, entonces el cristiano está por su propia decisión en pecado y si le llega la muerte sin tiempo para arrepentirse y perdonar entonces va al infierno.

Es decir que si el cristiano muere en el pecado de no haber perdonado las ofensas recibidas de su prójimo, entonces el cristiano  prefiere no perdonar a otro, y prefiere conservar ese pecado y conservarse en ese pecado y le llega la muerte sorpresivamente entonces ese cristiano tiene que pagar por si mismo las ofensas que Dios no le puede perdonar, las ofensas cometidas contra Dios se llaman pecado y se pagan recibiendo el justo y merecido castigo de ser torturado por siempre en el lago de fuego y azufre.

Así que si como cristiano que has creído en Jesús y que has nacido de nuevo por el poder del Espíritu Santo, decides no perdonar sus ofensas a tu prójimo y así jugar y arriesgar tu eternidad, por hacerle caso a un predicador que te “asegure” y te “certifique” que no puedes perder la salvación de ninguna manera, entonces harás mal,  porque tal predicador no estará para defenderte ni salvarte en el día de tu jucio, mejor hazle caso a Jesús que si sabe del tema de salvación, de vida eterna y de entrar al cielo, y obedece a Jesús y perdona sus ofensas a tu prójimo que te ofendió.

Así como en la parábola el que no perdonó al otro fue entregado a los verdugos para que pagase todo lo que debía, dice Jesús que así hará Dios con los que no perdonen al prójimo sus ofensas.

Dios no puede ser burlado como indica el pasaje en Gálatas, lo que el hombre siega eso cosecha.

El perdón en la familia

Autor: Padre Pedro Hernández Lomana, C.M.F.  

Este es un tema muy de hoy, que no debemos olvidarlo, y que también nos viene bien para su reflexión en Cuaresma.

Por supuesto, hoy nos quejamos de que muchos de los problemas que nos envuelven vienen de aquí, de nuestra incapacidad de perdonar, que es un hecho, mil veces, comprobado. No voy a negar que en la historia esto ha sido un problema de siempre. Pero no vamos a engañarnos tampoco, hoy nos cuesta, más que nunca, perdonar. Primero, porque en verdad no amamos, y solo el que ama de verdad en momentos turbios de la pareja, en sus vidas, pueden acudir a este recurso, que es el único capaz de revertir la situación. Y, segundo, porque creo que esto de perdonar es un asunto puramente religioso, y hoy a la inmensa mayoría, y al medio social en que vivimos, le resbala este punto.

Desde una perspectiva puramente humana, tendríamos que confesar que no es fácil este problema. Somos muy débiles, cuando la situación lo pide, hay que recurrir a nuestro interior, a menudo confuso, que lucha entre el sí y el no de la ofensa, que da mil vueltas sobre los porqués del asunto, y finalmente nos exculpamos, porque nuestra soberbia enredada, no admite daños, y al final nunca encuentra, tampoco, una razón poderosa para pedir perdón o perdonar, porque se le ocurre que el tema no tiene importancia alguna, o nos vemos, en todo caso como parte del problema, y no causantes principales del mal… La otra parte, sin embargo, no sabe cómo aceptarse, ni como jugar el juego del amor realmente ofendido, porque son muchas las veces que ha tenido que salir al ruedo, a torear, siendo casi siempre, y sin saber cómo, cogida por el toro, y a la postre, se inhibe en su proceder, y hasta le fallan, a la hora de escoger, los resortes más humanos. Puede sentirse incapaz para tomar el toro por los cuernos, y perdida la autoestima, no saber qué hacer.

Sencillamente nos estamos deshumanizando a pasos agigantados, y no nos damos cuenta. Hacemos las cosas desde una frontalidad brutal y dañina, que hiere en lo más profundo del ser, y nos impide, del todo, recordar que somos hombres.

Y así, vamos yendo de tumbo en tumbo, porque una vez heridos, nos volvemos a caer, y, a la hora de la verdad, no sabemos a qué atenernos, y tampoco se nos ocurre que una nueva oportunidad sea un gesto que valga la pena, al verse ofendido de tal manera, que se hace uno consciente de que no se navega en la facilidad. El amor es imposible, y el perdón, por supuesto, no aflora, porque en esta situación es completamente ilógico, y por ende incoherente.

¿Hay alguna posibilidad de perdonar en esta deshumanización en que vivimos? Y mi respuesta es francamente negativa. Porque el conflicto entre el deseo y la impotencia, mediante la valoración errónea de una cosa, adquiere una significación enteramente nueva y rica de consecuencias, en la actitud psíquica determinada por el resentimiento. La envidia, la ojeriza, la maldad, la secreta sed de venganza, llenan el alma de la persona resentida en toda su profundidad… Ya la formación de las percepciones, de las presunciones y los recuerdos está influida por estas actitudes, las cuales automáticamente subrayan en los fenómenos que les salen al encuentro, aquellas partes y lados que pueden justificar el curso efectivo de estos sentimientos y afectos, y en cambio rechazan lo restante. Hay en la persona, nos dice Mounier, algo que quisiera injuriar, rebajar, y empequeñecer, y que hace presa, valga la palabra, sobre toda cosa en que pueda desfogarse. De este modo, calumnia involuntariamente la existencia y el mundo, para justificar la última constitución de su vida valorativa.

Es imposible el perdón desde determinantes naturales. No se ha conocido esta virtud profunda más que en el Antiguo Testamento, donde el pueblo de Dios pide, con frecuencia, perdón por sus pecados, y en el Cristianismo, y es él quien definitivamente le ha dado, también, carta de naturaleza, o de existencia. También, somos conscientes de que no podemos ser perdonados por Dios, si no perdonamos antes. Condición, pues, para el amor cristiano de nuestro Dios, es el perdonarnos mutuamente, como hermanos. Así nos lo dice el Señor en la incomparable parábola del hijo pródigo, exégesis la más hermosa de la quinta petición del Padre nuestro,.donde Jesús, insiste en el perdón, como cauce a la salud humana. Y el amor es de la persona, y es esa actitud de abertura al otro para el que quiere la felicidad, entre lo que está el sentirse perdonado, y saber perdonar, como elemento de vinculación humana, que se conoce de verdad y que cree, sin duda, en la necesaria posibilidad de la falta que no de la traición, y en el perdón, como fundamento de una realización, también, personal.

Por ello, qué bueno que pudiéramos aprovechar las oportunidades que nos ofrece la Cuaresma, para que viviendo en la comunidad de la Iglesia, de la parroquia, y atendiendo la oportunidad de la escucha de esta palabra de Dios que invita, y llama a la reflexión del pecado, y a la aceptación real de su existencia y de que lo cometemos nosotros, y que por ende pecamos, y nos aceptemos pecadores. Fijaos que la condición necesaria para el perdón es este aceptarse como pecadores, porque de aquí al arrepentimiento no hay casi nada, y este tamtién es necesario al perdón de Dios. Y esto es lo que normalmente esperan los hombres ofendidos, arrepentimiento del ofensor, y que le pidamos perdón. Y si este tiene el rescoldo de la piedad, y puede dirigirse a su Dios pidiéndolo perdón de su pecado, Dios que perdona siempre, al que se lo pide, estoy seguro de que inmediatamente le dirigirá al ofendido, y le hará pedir perdón. Por otra parte ¿donde quedaría el camino a la madurez humana, sin esta condición necesaria del perdón?

Desde este punto de vista, ya veis, que el perdonar es fuente de paz y de amor para la familia. Y que sin ello es muy difícil, por no decir imposible mantener el vínculo familiar, y salvar el corazón de nuestra propia existencia, en comunión de amor. Ahora bien, como hemos visto, no se puede vivir esta experiencia maravillosa del hombre amando, sin el recurso espiritual, que nos refiere directamente a nuestro Dios, porque El es el amor y todo amor viene directamente de El, como nos dice San Juan. Por ello, este apóstol insiste en que no es posible amar a Dios si no amamos antes al hermano. Es decir, si no nos amamos mutuamente como hermanos.

Y este amar profundo, si cabe, es también la fuente del perdón, y de la alegría que él implica en los que se aman al perdonarse, porque en nuestros límites, que debemos conocer todos, y que de hecho tampoco se da en múltiples circunstancias, y casi todas pasan por el abandono de Dios, vemos que la posibilidad que tenemos de caer, es un hecho muy real, y que, en el amor, incluso se pide ayuda al que se ama, para no caer en esa falta que constituye el pecado, y nos podemos perdonar, si de hecho se cae. Porque el amor vive siempre del esfuerzo por no caer, y este esfuerzo en comunión, y la decidida voluntad de trabajo por ser hombres y mantenernos fieles, convence al amor, y a Dios de que somos verdad, y de que queremos madurar, y esto pide siempre, en una caída, un verdadero perdón. El perdón, así, como dice otro autor, procede de un nivel más profundo que el de las palabras; cuestiona nuestras actitudes, disposiciones y hábitos, y tiene un gran valor educativo.

Bien, mis queridos lectores, creo que debemos hacer ese esfuerzo por conocernos ante Dios, para que este amor y conocimiento mutuo, en el hogar de un buen matrimonio cristiano, nos lleve más a la realidad de nuestro ser, para entenderlo como es, e intentar cambiar lo que no vale la pena humanamente. Perdonarnos, entonces, como pareja, sería mucho más fácil, a no dudarlo, y más cristiano, desde luego.